El primer requisito, la condición sine qua non de una democracia, es contar
con demócratas. Contar al menos con un número suficiente de ciudadanos
como para animar a los demás también a serlo. No estriba sólo en superar
modos tribales de convivencia, alcanzar unos prefijados índices de bienestar o
dotarse de ciertas instituciones políticas indispensables. Todo ello puede ocurrir,
estar presente… y haber una democracia muy poco efectiva si faltan los
sujetos capaces de (y dispuestos a) ejercer de ciudadanos. Ser demócrata o
comportarse como ciudadano no se reduce a creer ser lo uno o ejercer de lo
otro, sino que requiere también querer llegar a serlo y saber cómo serlo y
ejercer de tal. Pues bien, no hay modo más seguro para ello que una
educación destinada a formar a esos demócratas. Y se engañaría quien viera
en esta tesis una declaración retórica más de las tantas que rodean el
quehacer educativo o quien la entienda como una llamada a abrir un hueco
de rango secundario en los programas de enseñanza. Al contrario, sostenemos
que “en una sociedad democrática “la educación política” (…) tiene
primacía moral sobre otros objetivos de la educación pública” (Gutmann,
2001: 351).
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