La Política como actividad inteligente – Daniel Innerarity

El texto que se incluye a continuación lo escribe DANIEL INNERARITY (Claves de razón práctica, Nº 170, 2007, pags. 37-41) y Volem i Podem lo comparte con vosotros a modo de reflexión congresual. De aquí al Congreso del PSPV-PSOE iremos colgando en este blog aportaciones de distintos autores que conforman lo que nosotros entendemos por una NUEVA CULTURA POLÍTICA.

LA POLÍTICA COMO ACTIVIDAD INTELIGENTE

Parece haber una vieja enemistad entre mandar y aprender, una incompatibilidad que Karl Deursch sintetizaba muy bien al afirmar que el poder tiene el privilegio de no necesitar aprender, “the ability to afford not to” o que no necesita pero tal vez tampoco pueda. De ahí la cercanía del poder al autoritarismo y la ceguera. Por su propia naturaleza, el poder tiende a sustituir el saber por las órdenes. ¿Mandas o aprendes?, podría ser la nueva versión del clásico ¿estudias o trabajas?. Si esta oposición fuera cierta, entonces cabría definir el poder como un lugar seguro para la ignorancia (Basseches, 1999). No sé, luego mando, sería su divisa. Este carácter incorregible del poder daría lugar a un reparto trágico del territorio: la política estaría condenada a no poder aprender, mientras que los espacios del aprendizaje social serían políticamente irrelevantes. Pero esto ya no es así. Hace tiempo que la política ha sido expulsada de ese paraíso y se ve obligada a combatir, como cualquier mortal, por escapar de la perplejidad, es decir, por aprender. En una sociedad inteligente, compleja, plural, todo el mundo, también la política, está obligado a elegir entre la autoridad ignorante o la deliberación inteligente.

Buena parte del malestar que genera la política se debe precisamente a la impresión que ofrece de ser una actividad poco inteligente, de corto alcance, mera táctica oportunista, repetitiva hasta el aburrimiento, rígida en sus esquemas convencionales y que sólo se corrige por cálculo de conveniencia. Una sociedad del conocimiento plantea a todos la exigencia de renovarse, y así parece haber ocurrido en casi todos los ámbitos: las empresas tienen que agudizar el ingenio para responder a las demandas del mercado, el arte ha de buscar nuevas formas de expresión, la técnica se plantea nuevos desafíos…

El dinamismo de los ámbitos económicos, culturales, científicos y tecnológicos convive con la inercia del sistema político. Hace tiempo que las innovaciones no proceden de instancias políticas sino del ingenio que se agudiza en otros espacios de la sociedad. No se trata de defectos de las personas que se dedican a la política o de incompetencias singulares sino de un déficit sistémico de la política, de escasa inteligencia colectiva por comparación con el vitalismo de otros ámbitos sociales.

Una de las características más decepcionantes de nuestra práctica política es su estancamiento casi ritual, el temor a salirse de las fórmulas convencionales que han funcionado hasta ahora. Esa falta de vigor de la política frente a los mercados o el escaso interés que despierta en buena parte de los ciudadanos probablemente se deban a su incapacidad para desarrollar conductas tan inteligentes al menos como las que tienen lugar en otros espacios de la vida social.

Me parece que éste es el gran desafío al que se enfrenta la política en el mundo actual si es que no quiere terminar siendo socialmente irrelevante, desgarrada en la tensión entre los espacios globales y la presión de lo privado y lo local. Hemos de ir hacia formas más inteligentes de configurar los espacios comunes de la política.

Esta renovación es de vital importancia sobre todo si tenemos en cuenta el problema que define a una sociedad del conocimiento. El Estado nacional se realizó como una respuesta al problema de controlar el poder y proporcionar seguridad frente al miedo y la amenaza de la guerra; el Estado de bienestar pretendía asegurar la redistribución de la riqueza y combatir la pobreza; el problema en torno al que se articulan las sociedades del conocimiento es el de gestionar el saber y hacer frente a la ignorancia.

La impotencia, la pobreza y la ignorancia han sido los tres grandes desafios que han caracterizado, respectivamente, al Estado nacional, es Estado de bienestar y las sociedades del conocimiento. En estas últimas, la información y el conocimiento son los grandes asuntos del poder. Si el control de los medios de producción era la clave de los conflictos a lo largo de los siglos XX y XX, el gobierno de los “signos” se ha convertido hoy en en nuetro más importante desafío. La organización del mundo se reestructura en torno a la gestión de los conocimientos. Y en una sociedad del conocimiento sólo sobreviven los sistemas que están dispuestos y son capaces de aprender (Wiesenthal, 1994), una exigencia de la que tampoco está eximida la política.

De hecho, esta cuestión ha ido ganando terreno en el seno de la teoría política desde los años noventa, cuando comienza a hablarse de un “giro cognitivo”, un “ideational turn” (Blith, 1997). La reaparición de conceptos como saber, ideas, argumentación o conocimiento, asociados de nuevo a las grandes cuestiones de la política, parece indicar que algo está cambiando en la manera de concebirla (Maier, 2003). Desde entonces, la cuestión de si las ideas importan (do ideas matter) ha planteado relevantes investigaciones acerca del papel que juegan el saber y las ideas en los procesos políticos.

El concepto de “aprendizaje social” (Peter Hall, 1993; Majone, 1996) apunta precisamente en esta dirección, al señalar una creciente influencia de las ideas frente a los intereses. La política no sería entendida sólo como un conflicto de intereses sino también como algo impulsado por procesos de elaboración de la experiencia social (Bennett/Howlett, 1992). No pretendo ahora explicar porqué se ha producido esta modificación. Baste con señalar que, frente al discurso dominante que habla de que el agotamiento de las ideologías erige al interés como único protagonista de la vida política, tal vez sea precisamente lo contrario: sin ideologías cerradas se abre el espacio para las ideas, es decir, para la política como actividad inteligente.

Decía un sociólogo alemán algo que merece ser considerado como el objetivo fundamental que han de perseguir los seres humanos y las organizaciones en la nueva sociedad del conocimiento: aprender o no aprender, ésta es la cuestión (Luhmann, 1984, 138). En las sociedades del conocimiento aprender se ha convertido en el nuevo imperativo. Se podría sintetizar el carácter de la época que nos ha tocado vivir diciendo que el gran desafío de la humanidad ya no es dominar la naturaleza sino hacer avanzar juntos información y organización. Dicho paradojicamente: en una sociedad del conocimiento no se sabe mucho sino poco (en relación con lo que sería necesario saber). El saber se ha convertido en un valor escaso y precario. Ese valor del saber se incrementa con la extensión de los ámbitos de incertidumbre que caracterizan a una sociedad compleja.

En medio de esta complejidad la política se encuentra ante una especial obligación de aprender, pues en ella el mero poder -sin saber, sin persuasión, sin implicación de otros- es un medio poco adecuado de gobierno. Por esta razón se ha agotado la jerarquía como principio ordenador de las sociedades. Y por eso no es extraño que la política goce de tan escaso aprecio, sobre todo cuando se lleva a cabo con esos estilos de gobierno que se caracterizan por su firme resolución de no aprender de la decepción (Luhmann, 1972, 43). Probablemente sea ésta la mejor definición que puede darse de una política autoritaria y, en general, de toda mala política: que es incapaz de aprender.

¿Cómo aprende o puede aprender el sistema político? La primera condición para la inteligencia política es reconocer que se trata de una actividad que tiene que tramitar más incertidumbre de la que impera en otras actividades humanas. Forma parte de la naturaleza de la política una imprevisibilidad mucho más radical que en otros asuntos u oficios. La inteligencia política consiste en la adquisición de unas competencias básicas generales, capacidad de aprendizaje e innovación en orden a una adecuada gestión de la incertidumbre. En este ámbito, todos los agentes políticos -partidos, sindicatos, movimientos sociales, instituciones, gobiernos- padecen de una cortedad de vista.

La política tiene que aprender porque opera en un entorno caracterizado por el dinamismo y la inestabilidad, pero sobre todo por la estrecha relación que la política guarda con el futuro. La política es el intento de civilizar el futuro (Wilke, 2002, 208), de impedir su clausura o su colonización por un pasado determinante, por el cierre de las oportunidades o por la mera inercia administrativa. Por eso, uno de los mayores desafíos actuales consiste en introducir procedimientos de reflexión en una vida política que suele estar dominada por lo inmediato: por la tiranía del presente, la inercia administrativa o la desatención hacia lo común.

Que la política sea un sistema de aprendizaje no significa que los políticos sean o deban ser muy listos. Como en el caso de las organizaciones, se trata de una forma de inteligencia colectiva: el saber del conjunto no se reduce al saber de sus miembros, aunque aquel sea impensable sin éste. Puede haber habido políticos sabios de los que el sistema no se haya beneficiado en términos de aprendizaje colectivo. ¡Sólo hay aprendizaje para el proceso si las inferencias que los individuos han llevado a cabo a partir de su experiencia quedan incorporadas a la memoria y los procedimientos de las organizaciones! (Levy, 1994, 287). El saber de una organización no es el que está en la cabeza de sus miembros, sino en los sistemas de reglas, cultura de la organización, procedimientos, rutinas y procesos, sistemas de negociación, decisión y resolución de conflictos. La inteligencia colectiva es una propiedad emergente de los sistemas sociales que no se basa en la mera agregación de propiedades individuales sino en la inteligencia propia del sistema mismo. …Este es el sentido de que hablemos de un “governmental learning” o de una “inteligencia de la democracia” (Lindblom, 1965). La cuestión es Saber si nuestros sistemas políticos incorporan dispositivos para aprender o resultan incapaces de ello en virtud de su propia configuración.

Voy a proponer que consideremos ahora seis notas, propiedades o requisitos para este ejercicio inteligente de la política: reflexividad, flexibilidad, deliberación, innovación, autolimitación y cooperación. La política sólo estará en condiciones de aprender si introduce hábitos de reflexión, si es capaz de modificar sus procedimientos, si se ejerce en un espacio deliberativo, si está dispuesta a enfrentarse con la novedad, si los agentes políticos aceptan limitarse a sí mismos y cooperar.

1.- Reflexividad

Un actor es capaz de reflexión cuando mantiene una distancia respecto a lo sabido y a sus prácticas acreditadas, cuando ha descubierto que hay vida más allá de los automatismos y está dispuesto a revisar sus prejuicios o rutinas, o sea, a corregirse. La política sirve, entre otras cosas, para que la sociedad adquiera una cierta distancia respecto de sí misma, una reflexividad que le permita examinar críticamente sus prácticas (Sunstein, 2004).

Quien quiera aprender de verdad, lo primero que ha de aprender es a vivir en la inestabilidad, en el cambio (Senge, 1999). La generación de nuevo saber requiere una capacidad para soportar la inseguridad que inauguran las nuevas opciones. Únicamente se aprende si se asumen los riesgos de esa inseguridad. De todas maneras, consuela saber que “no risk is the bigbest risk of all” (Aaron Wildavsky), que el mayor de todos los riesgos es no querer tenerlos, del mismo modo que la peor equivocación consiste en impedir sistemáticamente equivocarse, a uno mismo o a otros. Quien pretenda a toda costa no equivocarse, ya se ha equivocado. Lo que de este modo se consigue es equivocarse ya de entrada.

El concepto de reflexividad tiene desde hace tiempo un lugar destacado en las ciencias sociales (Giddens 1990).Sólo quisiera subrayar ahora uno de sus aspectos más significativos en relación con el tema que nos ocupa. Luhmann propuso definir la reflexión como la capacidad de un sistema para tematizarse a sí mismo y comprender que su entorno consta de otros sistemas, que todo sistema es también entorno para otros sistemas (1984, 617). La reflexión introduce una cierta distancia respecto de los intereses inmediatos y permite plantearse cuestiones tan relevantes como, por ejemplo, si nuestras acciones amenazan un bien colectivo. Uno puede descubrir entonces que existen, por ejemplo, algunos riesgos que se producen cuando sólo se persiguen intereses entendidos de una manera irreflexiva. Tanto en el mercado como en la política son numerosas las constelaciones en las que la mera persecución de los bienes privados conduce a una situación que es mala para todos. Quien haya pensado, por ejemplo, cómo se produce un atasco puede entender que el interés propio sin reflexión inteligente termina por perjudicarse a sí mismo.

Hay muchos problemas políticos, económicos y sociales que no se deben a que haya una mala voluntad por parte de los agentes o a una indisposición a encontrar el acuerdo, sino a su perplejidad e ignorancia acerca de qué es lo más conveniente. No somos sujetos que sabemos perfectamente lo que queremos y luchamos contra otros por conseguirlo. Todo lo contrario. Reflexión significa, para la política, descubrimiento y ampliación de la propia perspectiva. Nuestro gran desafío consiste en conseguir una “democracia reflexiva” (Olson, 2006) que institucionalice la reflexividad en los ciudadanos, los partidos, las instituciones y el sistema político en general. Únicamente así podríamos abrir al pluralismo del mundo común.

2.- Flexibilidad

No hay inteligencia allí donde falta la capacidad estratégica de revisar, actualizar, corregir o modificar la propia posición. Ahora bien, no todo cambio político constituye un proceso de aprendizaje. No lo son aquellos que resultan de un choque con la realidad que obliga literalmente a una determinada reorientación o las meras adaptaciones oportunistas al entorno modificado. Las correcciones inteligentes en lo que se refiere a preferencias, convicciones, modos de pensar y de actuar son algo más que una mera adaptación a nuevas constelaciones de intereses en orden a la nueva supervivencia y contienen un elemento normativo: el comportamiento político no se modifica meramente porque haya cambiado la situación sino porque una actuación aparece como más oportuna o justa que las demás. Esta modificación del comportamiento descansa en una valoración de las alternativas de acuerdo con criterios de justicia o proporcionalidad. La política es una actividad inteligente en lo que se refiere precisamente a la valoración de las diversas posibilidades de acción. Por eso únicamente cabe hablar de aprendizaje político cuando la modificación es intencional y no cuando un actor cambia sin que cambien sus convicciones, preferencias o conocimientos, cuando se trata de una mera reacción a un impulso exterior.

Aquí valdría la pena recordar que no es más inteligente quien más cambia sino quien cambia siempre y en la medida en que sea necesario. Podemos afirmar que no hay la menor inteligencia en el cambio veleidoso u oportunista, que indica falta de ideas y convicciones, pero tampoco en la organización que carezca de la disposición y los procedimientos necesarios para transformarse. Una organización inteligente es aquella que puede realizar no sólo lo que los teóricos denominan aprendizaje simple (mero cambio de tácticas para alcanzar el fin perseguido: single loap), sino también aprendizajes complejos (cambios de fines: double loap) (Argyris/Schân, 1978). Y en cualquier caso debe ser capaz de distinguir cuándo se requiere lo uno o lo otro, cuando está simplemente ante problemas que puede solucionar con el recetario habitual o si se trata de transformaciones históricas que exigen una nueva manera de pensar y actuar.

3.- Deliberación

Las sociedades aprenden a través de procesos de inteligencia colectiva. Entre esas “comunidades epistémicas” (Peter Haas, 1992) destacan los procedimientos de deliberación política a través de los cuales se combate colectivamente la perplejidad y se forma el juicio cívico. Si tiene sentido este esfuerzo común es porque la ignorancia a la que ha de hacer frente la política es descomunal. La inteligencia es algo que sólo se ejerce compartidamente. Una sociedad madura ensaya procedimientos, ámbitos e instituciones para experimentar acerca de sí misma, para dotarse de espacios de reflexión y deliberación. Y esto es algo que sólo puede hacerse comunicativamente porque -no lo olvidemos- comunicar es lo que se hace cuando se ignora y se quiere superar esa ignorancia. Lo demás son rituales de notificación.

La idea de una democracia deliberativa subraya la centralidad de los procesos y las instituciones para formar una voluntad común frente a un modelo de democracia entendida como negociación de opiniones y preferencias ya establecidas. La esfera pública es un espacio donde podemos convencer y ser convencidos, o madurar juntos nuevas opiniones. Los debates sirven precisamente para generar una información adicional que puede confirmar pero también modificar nuestros puntos de partida.

En el modelo republicano de esfera pública lo que está en un primer plano no son los intereses de los sujetos ya dados de una vez por todas o visiones del mundo irremediablemente incompatibles, sino procesos comunicativos que contribuyen a formar y transformar las opiniones, intereses e identidades de los ciudadanos. El fin de tales procesos no es satisfacer intereses particulares o asegurar la coexistencia de diferentes concepciones del mundo sino elaborar colectivamente interpretaciones comunes de la convivencia (Habermas, 1998). Los procesos son decisivos, ya que los intereses y las preferencias de los ciudadanos no están predeterminados ni constituyen, por lo general, un todo coherente. Con mucha frecuencia los actores no saben con exactitud lo que quieren ni en qué consiste su interés más auténtico. Con otras palabras: es el proceso democrático el que permite que los participantes se aclaren respecto de sí mismos y se formen una opinión acerca de aquello que está en juego. La fuerza política de la deliberación se acredita precisamente en su capacidad de institucionalizar el descubrimiento colectivo de los intereses.

En la deliberación se encuentra así lo que algunos han llamado “la justificación epistémica de la democracia” (Schmalz-Bruns, 2002, 260). Hay democracia y no autoritarismo porque nadie sabe con exactitud lo que quiere. Luchamos contra esa perplejidad en común, mediante procesos comunicativos que pueden ser conflictivos pero en los que no podemos prescindir ni siquiera de nuestros antagonistas.

4.- Innovación

Practicada deliberativamente, la política puede ser un ámbito de sorpresas y aprendizaje colectivo. Únicamente asÍ cabe hablar de acción y democracia creativa (Joas 1992; Burns/Ucberhorsi, 1988). De ese modo la incertidumbre resulta ser un indicador de calidad de los espacios democráticos. Es cierto que hablar de novedad tratándose de política suena como algo improcedente. La política, fascinada por el presente y lo inmediato, parece no disponer actualmente de ninguna capacidad de proyección. Absorbida por el ruido y el furor del presente, sin perspectiva, la política maneja programas en lugar de proyectos. El realismo político equivale hoy a constatar la importancia a la hora de configurar el espacio social. Parece que su función no es otra que acompañar la desilusión general y amortiguar los golpes de la economía global. Este es el resultado de haberse abandonado en una historicidad sin apertura hacia el porvenir. Cuando se pierde el imaginario político, no hay más que bricolaje, gesticulación sin perspectivas, satisfacción de pequeñas ambiciones personales.

Y, sin embargo, la política no es mera administración ni mera adaptación sino configuración, diseño de los marcos de actuación, adivinación del futuro. Tiene que ver con lo inédito y lo insólito, magnitudes que no comparecen en otras profesiones muy honradas pero ajenas a las inquietudes que provoca el exceso de incertidumbre. El tipo de acción que es la política no opera únicamente con meras reglas de la experiencia, con las enseñanzas cómodamente almacenadas entre lo sabido. Quien sea capaz de concebir esta incertidumbre como oportunidad verá cómo la erosión de algunos conceptos tradicionales hace nuevamente posible la política como fuerza de innovación y transformación.

Es urgente llevar a cabo una redefinición del sentido y de los objetivos de la acción política a partir de la idea de que en ella se conoce, es decir, se descubren aspectos de la realidad y posibilidades de acción que no pueden percibirse desde nuestras prácticas rutinarias y nuestros debates preconstruidos. La innovación procede siempre de que alguien se pregunte si lo hasta entonces dado por válido se ajustaba a las nuevas realidades. La sociedad puede tener aún configuraciones inéditas que exigirán sin duda una transformación cualitativa de la democracia.

5.- Autolimitación

La verdadera inteligencia se constituye tras haber pasado por la experiencia de descubrir lo habilidosos que somos en el arte de tener siempre razón y haber concluido de ello que esta presunción es la principal fuente de nuestras torpezas. Todos los puntos de vista tienden a constituirse en absolutos y a prescindir de otros: toda unilateralidad es deformante. Pero hay una inteligencia que consiste en ponerse límites, defenderse de uno mismo, corregir la propia deformación; algo que podría formularse del siguiente modo: una organización aprende cuando asegura su supervivencia en la medida en que es capaz por sí misma de descubrir y corregir las consecuencias destructivas de su propio modo de operar. Otro impulso para la autolimitación es la expectativa de un beneficio común que se seguiría de las acciones integradas. Pues bien, una sociedad inteligente es aquella que configura estrategias para promover la autolimitación reflexiva de los agentes sociales en beneficio de su propio interés.

En una sociedad capaz de aprendizaje todos los actores abandonan la pretensión de tener la respuesta correcta y reconocen su interdependencia recíproca. La cuestión es saber si los agentes sociales tienen la inteligencia que es necesaria para protegerse de sí mismos en su propio interés. Esto ocurre cuando se contienen a sí mismos ahora -como Ulises ante el canto de las sirenas- para protegerse de una irracionalidad futura amenazante. La autocontención es una política que consiste en excluir determinadas posibilidades del sistema en interés propio para salvaguardar al sistema frente a sí mismo, frente a las consecuencias dañinas y autodestructivas de una acción de corto alcance. El postulado de Norbert Elías (1969) -el proceso de civilización consiste esencialmente en que se crean las condiciones psicológicas y sociales que permiten sustituir la constricción externa por una autoconstricción- puede servir como núcleo para la idea de una autolimitación. Esta disposición no es fácil porque lo espontáneo es seguir más bien una lógica de poder y para superarla se precisa una capacidad extraña para llevar a cabo lo que Forrester ha denominado comportamientos contraintuitivos. (1972).

Cuando los actores sociales son capaces de esta forma de reflexión, están en condiciones de actuar de manera cooperativa. La coordinación es la forma de gobierno más adecuada a la complejidad social, que preaupone confianza, autolimitación, consideración hacia los otros y una perspectiva de, al menos, medio plazo.


6.- Cooperación

Por último, es una señal de inteligencia política atreverse a jugar el juego del poder compartido y recíprocamente limitado de la cooperación. En una sociedad en la que aumentan las interdependencias entre territorios y niveles, crece también la necesidad de coordinación. Cada vez es más evidente que se gobierna menos y peor en función únicamente de las lógicas del poder, en el orden internacional y en el seno de los Estados. Nuestro mayor desafío actual consiste en inventar procedimientos de gobierno que superen la unilateralidad, la jerarquía y la homogeneidad a favor de sistemas multilaterales, postsoberanistas y pluralistas. El poder, entendido como ejercicio aislado, soberano y unilateral de la fuerza, es un concepto reducido e inadecuado para entender y conducirse en un mundo complejo. El mejor procedimiento para maximizar el propio interés es cooperar. Y la cooperación permanente termina por modificar incluso la percepción del propio interés. Si no fuera por esas ganancias, ¿por qué un país abandona la grata comodidad de saber lo que quiere, de constituirse en un ámbito de decisión incontestable, y se lanza a la incierta aventura de complicar su destino con el de otros?

Donde mejor se percibe esto es en las dificultades del poder unilateral para garantizar la seguridad, de lo que es buena prueba lo que viene pasando en Irak. Quien se procura las ventajas unilaterales a corto plazo se expone máximamente a las lógicas de interdependencia que le son menos favorables y se priva de todos los beneficios que ésta proporciona. La hegemonía es una fuente de inestabilidad. El unilateralismo desaprovecha las nuevas oportunidades de ejercicio del poder que no proceden de la fortaleza militar sino del arte de la cooperación y del aprovechamiento inteligente de las nuevas formas de legitimación que ofrece el poder global. En un orden multilateral, cuando se trata de proteger aquellos bienes que implican cooperación y vigilancia, que exigen una gestión globalizante, la influencia está llamada a reemplazar progresivamente al poder.

Al final va a resultar que lo mejor de la globalización es que con ella resulta a la larga inviable, en el interior de los Estados y en sus relaciones exteriores, una definición autoritaria y exclusivista del propio interés. Tomarse el mundo en serio significa considerarlo como algo que ya es verdaderamente común y trabajar con estrategias más sutiles para identificar lo que nos conviene. Vamos hacia un mundo caracterizado por la multilateralidad, la diferencia organizada y la heterarquía, que no está gobernado por un único centro, que exige concertación, cooperación y coimplicación. En un mundo así, la autoridad está obligada a ser más inteligente. El poder sólo se ejerce bien no siendo absoluto y la imposición se paga muy cara: en el orden interno, atasca a los Estados en una megalomanía que desemboca en la ingobernabilidad; en el orden internacional, resulta muy poco sabia e ineficaz también a la hora de conseguir los propios intereses. Nuestro peor enemigo somos nosotros mismos, sobre todo cuando no hemos acertado a comprender de qué va la partida.

Quisiera finalizar haciendo referencia a una bella historia cuya enseñanza podría servirnos para sintetizar lo que he querido decir. El alemán Sten Nadolny escribió una novela a propósito de la vida de John Franklin, un investigador y aventurero que se hizo célebre fundamentalmente por haber descubierto el pasaje del noroeste, el que permitía navegar por encima de Canadá. La novela se titula El descubrimiento de la lentitud y toma como hilo conductor un defecto que el protagonista supo convertir en virtud. Franklin consigue hacer de su torpeza un instrumento que le posibilita penetrar en lo esencial de la realidad. Introducido en el curso violento de unos acontecimientos vertiginosos, caóticos e incomprensibles, los contempla como con una especie de lupa temporal. Su premiosidad, en la medida en que le impide una rápida visión de conjunto, le protege igualmente de las acciones precipitadas y de los errores que se siguen de conclusiones superficiales y atropelladas. Como Franklin era tan lento, nunca perdía el tiempo. Había aprendido a vivir con su aparente torpeza, hasta resultar menos estúpido que los otros. Ni siquiera la muerte al acecho, inminente, le hacía interrumpir o acelerar una meditación. Así se nos cuenta, en un momento de especial emoción, ante el peligro de que el barco quedara atrapado por el hielo. La tripulación, nerviosa, le instigaba a huir y a hacerlo por el hueco más grande que se les abría por delante, lo que hubiera supuesto su muerte segura. Tras contar cómo se decidió finalmente por el camino más angosto, el novelista sentencia: escapó de la muerte, pues era más lento que ella.

Viene esto a cuento de la necesidad que la política tiene de introducir espacios de reflexión. ¿Se puede pensar en medio de la política? De entrada, no parece ésta una actitud propia de la mayor parte de los actores políticos, dominados por una agitación superficial y especialmente sometidos a la dictadura de lo inmediato. Pero en el fondo todos sabemos que con el activismo no se combate la perplejidad: sólo se disimula. Nunca vamos tan rápidos que cuando no sabemos a dónde vamos. Por eso una de las tareas de toda crítica política es criticar esa falsa movilidad, desenmascarar aquellas formas de pseudoactividad cuya aceleración y firmeza se deben precisamente a que no se tiene ni idea de lo que pasa. Puede que en otras épocas pensar fuera una pérdida de tiempo: en la nuestra -cuando no podemos contar con la estabilidad de marcos y conceptos, ni confiar cómodamente en las prácticas acreditadas- pensar es un ahorro de tiempo, un modo radical de actuar sobre la realidad.

Una resposta cap a “La Política como actividad inteligente – Daniel Innerarity”

  1. Pienso, piensas, [...]pensemos « Amparo Sampedro: el Rocafort que queremos Diu:

    [...] el artículo de Daniel Innerarity, “La política como actividad inteligente“, que publicó en el número 170 de la revista Claves de Razón Práctica (marzo, 2007), y que Berta [...]

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